
Después que publicamos en esta misma sección el artículo Disfunciones sexuales en la mujer obesa el pasado 7 de abril, fuimos abordados por numerosas personas de variadas edades, profesiones y preferencias sexuales, que se interesaban por conocer con mayores detalles lo que había sucedido en la esfera sexual, al grupo de mujeres objeto de nuestra investigación preliminar, antes y después de haber bajado de peso.
Los datos se obtuvieron en siete pacientes tomadas al azar y entrevistadas en la mayor intimidad y anonimato. Ninguna conocía a las restantes y acudieron a la cita en días diferentes. La edad promedio fue de 37 años, la menor de 33 y la mayor, de 42. La escolaridad varió entre 12º grado y universitarias.
El índice de masa corporal (IMC) antes de comenzar el tratamiento para bajar de peso, varió entre 32 y 50, es decir, desde 185 hasta 260 libras, con diferentes rangos de estatura. Sin caer en tecnicismo es conveniente que se conozca que según la clasificación de la obesidad, un IMC de 40 en adelante se clasifica como obesidad mórbida, y desde 30 hasta 39,9, obesidad.
De 25 a 29,9 es sobrepeso, algo tampoco conveniente para la salud, ni para la estética. Para los más curiosos, la fórmula para hallar el IMC consiste en dividir el peso en kilogramos entre la estatura, en metros, elevada al cuadrado.
El resultado es una cifra que se emplea para conocer con bastante exactitud las características pondérales de los seres humanos. Si su IMC se encuentra entre 18,5 y 24,9, manténgase tranquilo: se encuentra en el rango de peso normal.
La obesidad de ellas fue adquirida durante el matrimonio, refiriendo diversos motivos para tal estado de cosas, aunque el denominador común consistió en la llamada fase precontemplativa, donde al aumento progresivo de peso no se le da importancia ni se toma en consideración. Algunas demoraron dos o tres años antes de tomar conciencia de su situación.
La de mayor peso, con diez años de engorde progresivo, a razón de diez libras anuales, que es decir tres —insignificantes para ella— onzas a la semana.
Antes de solicitar ayuda médica consideraba que en su vida personal existían otros problemas a resolver con más prioridad. Todas redujeron adecuadamente sus pesos en los plazos previstos.
En cuanto a la relación de pareja, la totalidad del septeto se encontraba inhibida de mostrar su figura desnuda en la intimidad. Una de ellas acostumbraba bañarse en la ducha junto con el esposo. Después del aumento de peso prohibió terminantemente esa higiene simultánea, pasó cortina a la bañadera y si necesitaba un jabón, lo solicitaba mostrando solamente una mano a través del obligado telón. Bajó de peso, retiró la cortina y regresó a sus costumbres habituales. Las restantes también se desinhibieron y refirieron sentirse "mentalmente liberadas".
Estas mujeres refirieron la percepción, real o figurada, de ser rechazadas por sus parejas mientras fueron obesas. Después de bajar de peso todo cambió; se sienten solicitadas, celebradas y hasta celadas, incluso en matrimonios de muchos años de duración.
Las relaciones sexuales se volvían cada vez más tormentosas y problemáticas a medida que el peso aumentaba. La inhibición y el rechazo conspiraban contra una adecuada excitación erótica y comenzaron a surgir barreras anatómicas que impedían una adecuada penetración. Cuando adoptaban en el coito la posición del hombre encima, cara a cara, la curva abdominal era tan pronunciada que dificultaba e incluso impedía una completa penetración del pene. Si ella se colocaba encima del hombre a horcajadas, hacía muy difícil que se soportara tanto peso.
Dos de ellas refirieron que para separar los muslos mientras se adoptaba esa posición, tenían que agarrar uno de ellos con ambas manos y, como si este fuera un fardo, cargarlo hasta que fuera colocado del otro lado del cuerpo masculino.
En cuatro de ellas resultaba imposible colocarse de rodillas con las manos apoyadas en la cama para propiciar una penetración vaginal posterior, debido al intenso dolor que sufrían en ambas piernas.
Todas coincidieron en que después de transformarse en obesas habían disminuido considerablemente la movilidad corporal durante el coito y les faltaba el aire durante el acto sexual.
Al igual que en la esfera síquica, después de bajar de peso todas recuperaron progresivamente el disfrute secuestrado por la indeseada obesidad.
Socialmente, menos en un solo caso, todas se sintieron excluidas en la relación de pareja, con una actividad sexual cada vez más tibia y aplazada. No supieron precisar si este distanciamiento provenía de ellas o de ambos.
La inseguridad y la minusvalía hicieron su aparición fuertemente percibida por todas. Se produjeron tres divorcios que atribuyeron a la pérdida de interés de sus parejas, así como escenas de celos provocadas por ellas mismas. Después de bajar de peso se restauraron dos matrimonios a solicitud de los esposos. La tercera no desea reiniciar la relación pues refirió que en estos momentos y con una hermosa figura, "ya tiene dónde escoger".
Las que mantuvieron un matrimonio estable reconocen un nuevo y marcado interés sexual y afectivo en sus parejas.
Todas experimentan una nueva confianza en si mismas, no solo en la relación marital, sino con todo el entorno pues de todas partes, grupo familiar y laboral incluido, reciben estimulantes opiniones sobre la nueva figura. Si en el momento de esta investigación aun sobraban algunas libras en algunas, todas han mantenido un elevado perfil de práctico interés en alcanzar el tan soñado IMC normal.
Dr. Alberto Quirantes Hernández, Jefe del Servicio de Endocrinología del Hospital Docente "Dr. Salvador Allende"
Fuente: Cubahora
Después que publicamos en esta misma sección el artículo Disfunciones sexuales en la mujer obesa el pasado 7 de abril, fuimos abordados por numerosas personas de variadas edades, profesiones y preferencias sexuales, que se interesaban por conocer con mayores detalles lo que había sucedido en la esfera sexual, al grupo de mujeres objeto de nuestra investigación preliminar, antes y después de haber bajado de peso.
Los datos se obtuvieron en siete pacientes tomadas al azar y entrevistadas en la mayor intimidad y anonimato. Ninguna conocía a las restantes y acudieron a la cita en días diferentes. La edad promedio fue de 37 años, la menor de 33 y la mayor, de 42. La escolaridad varió entre 12º grado y universitarias.
El índice de masa corporal (IMC) antes de comenzar el tratamiento para bajar de peso, varió entre 32 y 50, es decir, desde 185 hasta 260 libras, con diferentes rangos de estatura. Sin caer en tecnicismo es conveniente que se conozca que según la clasificación de la obesidad, un IMC de 40 en adelante se clasifica como obesidad mórbida, y desde 30 hasta 39,9, obesidad.
De 25 a 29,9 es sobrepeso, algo tampoco conveniente para la salud, ni para la estética. Para los más curiosos, la fórmula para hallar el IMC consiste en dividir el peso en kilogramos entre la estatura, en metros, elevada al cuadrado.
El resultado es una cifra que se emplea para conocer con bastante exactitud las características pondérales de los seres humanos. Si su IMC se encuentra entre 18,5 y 24,9, manténgase tranquilo: se encuentra en el rango de peso normal.
La obesidad de ellas fue adquirida durante el matrimonio, refiriendo diversos motivos para tal estado de cosas, aunque el denominador común consistió en la llamada fase precontemplativa, donde al aumento progresivo de peso no se le da importancia ni se toma en consideración. Algunas demoraron dos o tres años antes de tomar conciencia de su situación.
La de mayor peso, con diez años de engorde progresivo, a razón de diez libras anuales, que es decir tres —insignificantes para ella— onzas a la semana.
Antes de solicitar ayuda médica consideraba que en su vida personal existían otros problemas a resolver con más prioridad. Todas redujeron adecuadamente sus pesos en los plazos previstos.
En cuanto a la relación de pareja, la totalidad del septeto se encontraba inhibida de mostrar su figura desnuda en la intimidad. Una de ellas acostumbraba bañarse en la ducha junto con el esposo. Después del aumento de peso prohibió terminantemente esa higiene simultánea, pasó cortina a la bañadera y si necesitaba un jabón, lo solicitaba mostrando solamente una mano a través del obligado telón. Bajó de peso, retiró la cortina y regresó a sus costumbres habituales. Las restantes también se desinhibieron y refirieron sentirse "mentalmente liberadas".
Estas mujeres refirieron la percepción, real o figurada, de ser rechazadas por sus parejas mientras fueron obesas. Después de bajar de peso todo cambió; se sienten solicitadas, celebradas y hasta celadas, incluso en matrimonios de muchos años de duración.
Las relaciones sexuales se volvían cada vez más tormentosas y problemáticas a medida que el peso aumentaba. La inhibición y el rechazo conspiraban contra una adecuada excitación erótica y comenzaron a surgir barreras anatómicas que impedían una adecuada penetración. Cuando adoptaban en el coito la posición del hombre encima, cara a cara, la curva abdominal era tan pronunciada que dificultaba e incluso impedía una completa penetración del pene. Si ella se colocaba encima del hombre a horcajadas, hacía muy difícil que se soportara tanto peso.
Dos de ellas refirieron que para separar los muslos mientras se adoptaba esa posición, tenían que agarrar uno de ellos con ambas manos y, como si este fuera un fardo, cargarlo hasta que fuera colocado del otro lado del cuerpo masculino.
En cuatro de ellas resultaba imposible colocarse de rodillas con las manos apoyadas en la cama para propiciar una penetración vaginal posterior, debido al intenso dolor que sufrían en ambas piernas.
Todas coincidieron en que después de transformarse en obesas habían disminuido considerablemente la movilidad corporal durante el coito y les faltaba el aire durante el acto sexual.
Al igual que en la esfera síquica, después de bajar de peso todas recuperaron progresivamente el disfrute secuestrado por la indeseada obesidad.
Socialmente, menos en un solo caso, todas se sintieron excluidas en la relación de pareja, con una actividad sexual cada vez más tibia y aplazada. No supieron precisar si este distanciamiento provenía de ellas o de ambos.
La inseguridad y la minusvalía hicieron su aparición fuertemente percibida por todas. Se produjeron tres divorcios que atribuyeron a la pérdida de interés de sus parejas, así como escenas de celos provocadas por ellas mismas. Después de bajar de peso se restauraron dos matrimonios a solicitud de los esposos. La tercera no desea reiniciar la relación pues refirió que en estos momentos y con una hermosa figura, "ya tiene dónde escoger".
Las que mantuvieron un matrimonio estable reconocen un nuevo y marcado interés sexual y afectivo en sus parejas.
Todas experimentan una nueva confianza en si mismas, no solo en la relación marital, sino con todo el entorno pues de todas partes, grupo familiar y laboral incluido, reciben estimulantes opiniones sobre la nueva figura. Si en el momento de esta investigación aun sobraban algunas libras en algunas, todas han mantenido un elevado perfil de práctico interés en alcanzar el tan soñado IMC normal.
Dr. Alberto Quirantes Hernández, Jefe del Servicio de Endocrinología del Hospital Docente "Dr. Salvador Allende"
Fuente: Cubahora